Abrimos en marzo de 2019 en un local de veintiocho metros cuadrados sobre la Calle 70, entre la carrera 5ª y la 6ª, con la idea de hacer una sola cosa bien: catar en público. En Bogotá había —y hay— cafeterías de especialidad excelentes, pero el cupping seguía siendo una ceremonia cerrada entre tostadores. Nos pareció una lástima. La mesa de cata es el momento en que el café se vuelve discutible, y una discusión sin público no sirve de mucho.
El nombre viene de las mesas corridas de las fondas antioqueñas, donde nadie escoge con quién se sienta. Aquí pasa igual: el jueves puede tocarle al lado un ingeniero de sistemas que baja de la carrera 7ª y una productora de Inzá que subió a Bogotá a negociar un lote. Los dos escriben en el mismo cuaderno y muchas veces no coinciden.
Compramos directo. Treinta y cuatro fincas en rotación, ninguna con más de dos cargas al año, todas con nombre, vereda y altura impresos en la bolsa. Pagamos por encima del precio interno de la Federación y lo decimos sin ninguna vocación heroica: es lo mínimo que permite que la finca vuelva a vendernos el año entrante.
Acidez málica, cuerpo de seda. Ficha del Pitalito, semana del 6 de julio
No servimos comida. No hay wifi. Cerramos los domingos porque tostamos el lote de la semana siguiente y porque a nadie le sale bien un tueste con gente hablándole al oído. Aceptamos entre seis y ocho talleres al mes; más que eso significaría sacar mesas públicas del calendario, y la mesa pública es la razón por la que existimos.